!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —Todo esto está muy bien, pero es puro camelo, un camelo de principio a fin. ¿Qué significa toda esa palabrerÃa sobre la incompatibilidad entre la amistad y el amor? Estas palabras dan ganas de maldecir. Recházame de una vez y mándame al diablo, si hace falta: pero no lo aproveches para embaucarme con tus ideas. Ah, una sola palabra hace que todo se caiga en pedazos: ¡te quiero como esposa! Te equivocas completamente tratándome como un niño, es un error garrafal. Estoy en perfecto estado de funcionamiento; comencé a vivir decentemente cuando empecé a amarte. Abjuré del alcohol como si no hubiera bebido una gota desde hacÃa veinte años. Lo detesto, abomino de él, ya he tenido mi dosis. No, Gertrude, ya no soy un niño, tú me has curado. ¡Diantres, ésa es la razón por la que te quiero! ¿Acaso no te das cuenta? Oh, Gertrude —y su voz se ensombreció—, ¡eres una gran hechicera! No tienes artificios, ni ninguna de las hechuras ni las gracias de las muchachas que pasan por bonitas, pero eres una hechicera sin necesidad de ello. Está en tu naturaleza. ¡Eres tan divina y diabólicamente honesta! Estas cosas inteligentes que acabas de decirme querÃan ser una ducha frÃa, pero no puedes ahogarme sujetándome la cabeza debajo de un grifo. Dirás que no es sino sentido común; muy probablemente; pero ésa es la cuestión. Tu sentido común me cautiva, y por eso mismo te quiero.