!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Ahora habÃa en su tono algo tan calmado y resuelto que Gertrude sintió un malestar. Se sintió más débil que él, mientras que su felicidad común exigÃa que fuera más fuerte.
—Richard Maule —dijo ella—: ¡qué poco amable eres!
Su voz tembló al pronunciar aquellas palabras y, cuando las hubo pronunciado, se deshizo en lágrimas. Un sentimiento egoÃsta de victoria se apoderó del joven. Quiso rodearla con el brazo, pero ella se desasió bruscamente.
—¡Eres un cobarde! —gritó.
—¡TranquilÃzate! —contestó Richard, enrojeciendo de enfado.
—Vas demasiado lejos, Richard; te obstinas más allá de la decencia.
—Me detestas ahora, supongo —dijo brutalmente Richard, como un ser acorralado.
Gertrude se secó las lágrimas.
—No, en absoluto —respondió ella dirigiéndole una mirada lÃmpida y seca—. Para detestarte habrÃa hecho falta que te hubiera amado. Sigo apiadándome de ti.
Richard la miró un momento.
—No tengo tentación alguna de devolverte el cumplido, Gertrude —dijo—. Una mujer con tanta diplomacia como tú no necesita piedad.