!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —No tengo la diplomacia suficiente para interpretar tu sarcasmo, amigo mÃo, pero mi buen fondo te lo perdona y me importa seguir teniendo este buen fondo hasta el final. Quiero mantener la calma, quiero ser justa, quiero dejar el asunto zanjado y no tener que volver a hablar de ello. No es por gusto, confÃo en que lo sepas, por lo que me he aventurado en todo esto; yo también tengo mi sensibilidad, como tú. Asà que escúchame una vez más. Si no te quiero a tu manera, Richard, es asÃ; si no puedo, es asÃ. No se puede amar por encargo. Pero en materia de amistad, cuando ésta queda establecida, creo que la voluntad y la razón pueden tener su parte importante. Con lo cual, voy a poner toda mi fuerza espiritual en mi amistad contigo, y de este modo quizá quedemos a la par. Este sentimiento, tal como te lo iré manifestando naturalmente, no será, en definitiva, muy distinto de ese otro sentimiento que reclamas, tal como te lo habrÃa manifestado naturalmente. Resignarse valientemente a esta ligera diferencia, tal como es, no es más que el deber de una persona de honor. ¿Me entiendes?
—Tienes una forma admirable de presentar las cosas. ¡«En definitiva» y «esta diferencia tal como es»! Esta diferencia es la diferencia entre casarse y no casarse. Supongo que no querrás decir que tienes la intención de vivir conmigo prescindiendo de dicha ceremonia.
—Supones bien.