!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —Entonces, ¿por qué desvirtúas las cosas? Una mujer es la esposa de un hombre, o no lo es.
—SÃ, y una mujer es la amiga de un hombre, o no lo es.
—Y tú lo eres, ¡y yo soy un monstruo de ingratitud al no contentarme con esto! ¿Es eso lo que quieres decir? Sólo Dios sabe cuánta razón tienes…
Y se calló un instante, mirando fijamente al suelo.
—No me desprecies, Gertrude —volvió a decir—. No soy tan ingrato como parece. Te agradezco mucho todas las molestias que te has tomado. Claro que entiendo que no me quieras. SerÃas muy estúpida si me quisieras; y no lo eres en absoluto, Gertrude.
—No, no soy estúpida, Richard. Es una gran responsabilidad: es terriblemente vulgar; pero, en el fondo, estoy más bien contenta.
—Yo también. PodrÃa detestarte por todo esto; pero no cabe ninguna duda de que por eso mismo te quiero. Si fueras estúpida podrÃas quererme; pero entonces yo no te querrÃa a ti; y puestos a escoger, prefiero esto otro.
—El cielo ha elegido por nosotros. Ah, Richard —siguió diciendo Gertrude con una sencillez admirable—: seamos buenos y obedezcamos al cielo, y estaremos seguros de ser felices.
Y le tendió la mano una vez más.