!Pobre Richard!
!Pobre Richard! El final de la meditación de Gertrude consistió en enviar una nota a cada uno de sus dos amigos, rogándoles que fueran a tomar el té con ella al día siguiente. Pero un par de horas antes de la cita recibió la visita de cierto mayor Luttrel, quien andaba reclutando hombres para un regimiento de los Estados Unidos en una gran ciudad situada a unos quince kilómetros. Luttrel había acudido a caballo aquella tarde en respuesta a una invitación encarecida que le había hecho la víspera una anciana dama, quien le rogaba a Miss Whittaker que tomara en consideración las maneras exquisitas y los talentos excepcionales del militar. Gertrude había respondido a su venerable amiga con su habitual solicitud, diciéndole que le agradaría mucho conocer al mayor Luttrel si pasaba por allí, y luego no pensó más en ello hasta el momento en que le llevaron la tarjeta del mayor mientras ella se acicalaba para pasar la velada. Luttrel encontró tantas cosas que decirle que ninguno sintió pasar el tiempo hasta la llegada simultánea de Miss Pendexter y de los dos invitados de Gertrude. Los dos oficiales ya se conocían un poco; les fue presentado Richard. Consideraron no sin curiosidad al joven y atolondrado granjero. En todas las circunstancias, el aspecto de Richard era tal que llamaba la atención; pero aquel día fue realmente patético (al menos para Severn) ver su aspecto descuidado, su bonita cara de tez pálida, los ojos sombríos e inquietos y sus gestos nerviosos. El mayor Luttrel, que le pareció a Gertrude muy agradable pero un poco empalagoso al mismo tiempo, fue por supuesto invitado a quedarse, cosa que éste aceptó inmediatamente; para Miss Whittaker quedó enseguida claro que su pequeño proyecto no iba a prosperar. Richard se atrincheró en un silencio en el que se mezclaban la provocación y la timidez y que acabó, como ella había temido, dándole un aire muy pretencioso. Sus compañeros hicieron esfuerzos apenas disimulados por brillar y superarse el uno al otro, como hacen de un modo natural los hombres inteligentes que rivalizan por distraer a una amable joven dama. Richard, sentado aparte, amargado y estupefacto, se preguntaba si él sería un ignorante patán o bien si los otros dos no eran más que un par de actores con toda su pamplina. Optó por la primera hipótesis, que, a grandes rasgos, era acertada; en efecto, le parecía que el extraordinario acuerdo que creía percibir entre el tono y el comportamiento de Gertrude y el de ellos era simplemente la prueba suplementaria de la increíble inteligencia de la joven. Para apreciar correctamente la grandeza de corazón de Richard, que se sometía, por el amor de aquella mujer, a una verdad tan cruel para su propia vanidad, habría que conocer el alcance de dicha vanidad. El tono refinado y las múltiples alusiones gracias a las cuales los dos oficiales lo reducían a la insignificancia eran un suplicio insufrible para él. Pero muy pronto quedó maravillosamente fascinado ante los inagotables recursos que desplegaba la anfitriona. Por un momento le pareció que ella hubiera debido ahorrarle todo aquel despliegue que no hacía sino humillarlo; ciertamente, ¿acaso no conocía ella los pensamientos de Richard, siendo como era ella su única fuente? Pero al instante se producía un gran cambio en él y se preguntaba, algo asqueado, si tendría la valentía de constatar hasta qué punto ella le era superior. Al tiempo que trataba de resignarse ante la descorazonadora certeza de su ignorancia relativa y aun total del amplio mundo que representaban sus dos rivales, le entraban ganas de precipitar las consecuencias y jugárselo todo a una carta aventurándose bruscamente en el terreno de su conversación. Gertrude lo animaba una y otra vez a lanzar aquel tipo de asalto con sus miradas, sus sonrisas, sus preguntas y algunos pequeños silencios calculados. Pero el pobre Richard sabía que, si intentaba participar en la conversación, su voz se estrangularía; y se lo daba a entender a su amiga con unas miradas de elocuente desazón. Tenía la sensación de que su corazón se transformaba rápidamente en un horno en el que se consumirían todos sus buenos propósitos. Ahora ya no podía responder de lo que sería el futuro. De repente, mientras acababan de tomarse el té, se percató de que el capitán Severn estaba sumido en un silencio casi tan desamparado como el suyo y que observaba en secreto el desarrollo de un diálogo animado entre Miss Whittaker y el mayor Luttrel. Tuvo la extraña sensación de ver reflejados sus propios sentimientos en el rostro del capitán, es decir, captó unos celos incipientes.