!Pobre Richard!

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El pobre Richard volvió a la realidad, y en ese momento de buena gana habría empujado al capitán al agua. El mayor Luttrel tomó el otro brazo de Gertrude, y Richard permaneció detrás de ellos, casi lívido por el despecho, casi decidido a girar sobre sus talones y regresar a casa siguiendo el río. Pero le pareció que se vengaría más sutilmente si seguía al trío hasta el jardín, mostrándoles entonces que podía perfectamente prescindir de su compañía. Por lo tanto, cuando alcanzaron la casa, se mantuvo apartado y le deseó las buenas noches a Gertrude con un tono de voz siniestro. Temblaba de impaciencia preguntándose si ella iba a intentar retenerlo. Pero Miss Whittaker, adivinando por su voz —era demasiado oscuro para que viera su cara a la distancia a la que estaba— que él se estaría imaginando alguna afrenta, y comparando tal vez inconscientemente dicha voz con los acentos límpidos y sin ambages de Severn, obedeció a lo que le parecía que debían ser las exigencias de su dignidad, y, sin tenderle la mano, le dirigió un saludo de despedida tan frío como el suyo. Pero conviene añadir que al cabo de dos horas, mientras reflexionaba sobre los incidentes de la velada, se arrepintió —lo cual era muy característico en ella— de aquella pequeña injusticia.




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