!Pobre Richard!

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Se había más o menos asegurado de su propia voluntad; pero todavía le quedaba por adquirir el control de sus impulsos. Al entregar el caballo, según su costumbre, a uno de los palafreneros, vio a otro animal, al que reconoció como el caballo del capitán Severn. «Tranquilo, amigo mío», se murmuró a sí mismo, como si se dirigiera a un alazán asustado. En las escaleras de la mansión se cruzó con el capitán, que se estaba despidiendo. Le hizo un gesto con la cabeza que pretendía ser muy amistoso, y Severn le devolvió el saludo aunque sin decir nada. Richard se percató, con todo, de que estaba muy pálido y de que antes de alejarse arrancaba y arrugaba una rosa. Al punto, nuestro joven aceleró el paso. Al hallar vacío el salón, lo atravesó instintivamente hasta llegar a la salita vecina que Gertrude había convertido en jardín de invierno; al hacerlo, sin ser del todo consciente, amortiguaba el paso pesado de sus gruesos zapatos. La puerta cristalera estaba abierta y Richard pudo echar una ojeada al interior. Allí vio a Gertrude, de espaldas, que con ambas manos apartaba unas grandes plantas florecidas para poder espiar a través del cristal que éstas ocultaban. Avanzando ligeramente para mirar por encima del hombro de la pobre muchacha, Richard tuvo tiempo de ver a Severn, que se subía al caballo, justo en la puerta de las caballerizas, antes de que Gertrude, sobresaltándose por su cercanía, se diera la vuelta bruscamente.


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