!Pobre Richard!
!Pobre Richard! El jardÃn de Miss Whittaker cubrÃa un par de acres, por detrás y a ambos lados de la casa. Estaba rodeado a lo lejos por una gran pradera, a su vez limitada por un antiguo camino de sirga inutilizado, que bordeaba en esa zona las aguas poco profundas y tranquilas de un rÃo; sus riberas bajas y planas no se veÃan adornadas por ninguna roca ni árbol, y un camino de sirga no es precisamente un lugar propicio para dar románticos paseos. Sin embargo, por allà paseaba sin sombrero, una tarde de primavera, la dueña de los acres mencionados —y de muchos más todavÃa—, enfrascada en una conversación sentimental con un apuesto y apasionado joven.
Ella hubiese pasado fácilmente por poco atractiva de no ser por la frecuencia de su magnÃfica sonrisa, que le otorgaba encanto a sus facciones algo vulgares y, en otra medida, sin la elegancia de su vestido, que denotaba el final de un duelo, y que tenÃa la exuberancia voluminosa propia de las mujeres ricas y robustas.
La hermosura de su compañero era notabilÃsima, cierto es, a pesar de algunos defectos, y descollaba aún más por su traje raÃdo, que llevaba con tan poco garbo como el mal corte que tenÃa. Sus maneras, al hablar y al caminar, eran las de un ser nervioso y testarudo, al borde de la desesperación; ella parecÃa estar más que aburrida, pero determinada a tener paciencia. Al final, se hizo un breve silencio entre ambos.