!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Miss Whittaker caminaba tranquilamente, mirando la luna que ascendÃa lentamente, mientras el joven clavaba la mirada en el camino y hacÃa balancear su bastón. Por fin, lo plantó con un golpe seco en el suelo.
—¡Oh, Gertrude! —exclamó—. Siento desprecio por mà mismo.
—Es horrible eso que dices —contestó ella.
—Es que te adoro, Gertrude.
—TodavÃa más horrible —dijo Gertrude, sin dejar de contemplar la luna.
Y entonces, de repente, fijándose en el rostro de su compañero con algo de impaciencia, le preguntó:
—Richard, ¿qué quieres decir cuando afirmas que me adoras?
—¿Que qué quiero decir? ¡Pues que te quiero!
—Entonces, ¿por qué no dices simplemente lo que quieres decir?
El joven la miró un instante.
—¿Me das permiso para decir todo lo que quiero decir?
—¡Oh, por Dios!
Y como él permanecÃa en silencio, ella añadió:
—Estoy esperando a que hables.
Pero él seguÃa sin decir nada y se puso a golpear con violencia unas hierbas al borde del agua, como un chiquillo que piensa que le va a salir mal la jugada, haga lo que haga.