!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —Gertrude —exclamó de repente—, ¡qué otra cosa puedo decir que no sea asegurarte que te quiero!
—No quiero nada más, eso me satisface lo suficiente; eres tú al que parece que no le basta…
—O bien no quieres comprenderme o bien no puedes hacerlo —exclamó Richard, con una mirada malévola.
Miss Whittaker se detuvo y lo miró pensativa a los ojos.
—En nuestra situación, si a ti te puede convenir sacrificar la reflexión a los sentimientos, a mà me corresponde hacer lo contrario. Escúchame, Richard. Te entiendo, de veras, y hasta mejor de lo que te entiendes tú mismo.
—Oh, ya veo, crees que soy un crÃo…
Pero ella, sin tomar en cuenta aquella interrupción, siguió:
—Pensaba que, dejándote un rato contigo mismo, tus ideas se aclararÃan. Pero parece que más bien se están embrollando. He tenido la suerte, o la mala suerte, ni siquiera lo sé —y al decirlo sonrió ligeramente—, de atraer tu simpatÃa. Todo esto está muy bien, pero no deberÃas darle demasiada importancia. Nada me hace más feliz que atraer simpatÃas; la tuya o la de quien sea. Sin embargo, las cosas deben detenerse aquà contigo, como con los demás.
—Pero con los demás no se detienen.