Washington Square
Washington Square El doctor escribió su carta sincera a la señora Montgomery, quien respondió con puntualidad, indicándole la hora a la que podía presentarse en la Segunda Avenida. Vivía en una acogedora casita de ladrillo rojo, recién pintada, con los bordes de los ladrillos pulcramente perfilados de blanco. La vivienda ha desaparecido hoy, junto con sus compañeras, para dar paso a una hilera de edificios más señoriales. Las ventanas lucían postigos verdes de una sola pieza, con pequeñas filigranas decorativas, y a la entrada de la casa había un diminuto «patio» decorado con un arbusto de aspecto misterioso y rodeado por una empalizada de madera de escasa altura, pintada del mismo color que los postigos. La vivienda parecía una casa de muñecas ampliada, como sacada de los estantes de una juguetería. En el momento de llamar a la puerta, mientras echaba un vistazo a los objetos que acabo de enumerar, el doctor Sloper se dijo que la señora Montgomery era sin lugar a dudas una personita ahorrativa y digna —las reducidas proporciones de la casa parecían sugerir que sería una mujer menuda—, que encontraba una virtuosa satisfacción en el cuidado y el orden, y había resuelto, ya que no podía ser espléndida, ser al menos impecable. Lo recibió en una salita que resultó ser exactamente tal como el doctor se había imaginado: un pequeño y pulcro cenador, ornamentado con una desganada planta decorativa de papel de seda y racimos de gotas de cristal, donde —siguiendo con la analogía— la temperatura de la estación frondosa se mantenía con ayuda de una salamandra de hierro fundido que emitía una llama azul y seca, todo ello impregnado de un fuerte olor a barniz. Las paredes estaban engalanadas con grabados envueltos en una bruma rosácea, y las mesas adornadas con volúmenes de los poetas, en su mayoría encuadernados en tela negra, con estampados florales de un dorado que causaba ictericia. El doctor tuvo tiempo de reparar en estos detalles, pues la señora Montgomery, cuya conducta había juzgado inexcusable, dadas las circunstancias, le hizo esperar alrededor de diez minutos. Llegó finalmente entre un frufrú de faldones, alisándose el vestido de popelina rígida, con un ligero rubor de sobrecogimiento en las mejillas graciosamente redondeadas.
