Washington Square
Washington Square Su anfitriona lo miró de hito en hito. Era evidente que había tomado el ofrecimiento del doctor como una broma y, al ver que no lo era, la confusión de sus sentimientos se tornó dolorosa.
—Creo que tendría que mostrarme muy ofendida —murmuró.
—¿Porque le he ofrecido dinero? Eso son supersticiones —protestó el doctor—. Permítame que vuelva a visitarla para que hablemos de estas cosas. Imagino que algunos de sus hijos son niñas.
—Tengo dos niñitas —respondió.
—Pues ya verá, cuando crezcan y empiecen a pensar en escoger marido, cómo se interesará usted mucho por la conducta moral de sus pretendientes. Será entonces cuando comprenda usted esta visita.
—Bueno, no debería usted pensar que Morris es inmoral.
El doctor la miró de soslayo, con los brazos cruzados.
—Hay algo que me gustaría mucho, como satisfacción moral. Me gustaría mucho que usted dijese: «Morris es de un egoísmo atroz».
Estas palabras resonaron con la clara gravedad de su voz y parecieron crear por un instante una imagen precisa en la agitada visión de la señora Montgomery. La mujer contempló dicha imagen unos segundos y le volvió la espalda, exclamando: