Washington Square
Washington Square Catherine era una niña sana y bien criada, sin rastro alguno de la belleza de su madre. No es que fuera fea: tenía un rostro anodino, corriente y delicado sin más. A lo sumo se decía de ella que tenía una cara «agradable» y, a pesar de su condición de heredera, a nadie se le había pasado por la cabeza que fuese una beldad. La opinión que su padre tenía de la pureza moral de la muchacha estaba sobradamente justificada. Era asombrosa e inquebrantablemente buena: cariñosa, dócil, obediente y adepta a la verdad. De pequeña había sido bastante revoltosa y, aunque ésta sea una confesión incómoda sobre una heroína, debo añadir que fue también algo glotona. Nunca, que yo sepa, llegó a robar las uvas pasas de la despensa, pero gastaba su asignación en pastelillos de nata. En este sentido, sin embargo, una actitud crítica estaría fuera de lugar, pues no es sino una alusión exenta de malicia a sus primeros años de vida. Decididamente, Catherine no era inteligente, no destacaba en sus estudios; en realidad no destacaba en nada. Tampoco era torpe y logró aprender lo necesario para desenvolverse dignamente en las conversaciones con sus contemporáneos, entre los cuales, todo hay que decir, ocupó siempre un lugar secundario. Es bien sabido que, en Nueva York, una joven puede ocupar un lugar principal. Catherine, en razón de su modestia, no tenía deseo alguno de brillar y, en la mayoría de lo que se conoce como ocasiones sociales, siempre se agazapaba en un segundo plano. Quería muchísimo a su padre y lo temía en la misma medida. No había para ella hombre más inteligente, más atractivo y más famoso. Tan en serio se tomaba la pobre muchacha el ejercicio de sus afectos que el leve y temeroso temblor que en ella se mezclaba con la pasión filial introducía en el asunto una nota de sabor, en lugar de restárselo. Era su más profundo deseo complacer a su padre, y consistía su noción de la felicidad en saber que lo había conseguido. Nunca lo consiguió más allá de cierto punto. Aunque el doctor Sloper la trataba muy bien en general, Catherine era muy consciente de la situación y hallaba una razón para vivir en el objetivo de superar dicho punto crítico. Lo que no alcanzaba a discernir, desde luego, era la decepción que representaba para él, y eso que en tres o cuatro ocasiones se lo había manifestado casi a las claras. La muchacha creció en un ambiente tranquilo y próspero, pero llegó a los dieciocho años sin que la señora Penniman hubiese logrado hacer de ella una mujer inteligente. Al padre le habría gustado poder sentirse orgulloso de su hija, mas no había nada de lo que enorgullecerse en la pobre Catherine. Tampoco había nada de lo que avergonzarse, por supuesto, pero eso no le bastaba al doctor, que era un hombre orgulloso y al que le habría agradado pensar en su hija como una muchacha excepcional. Lo suyo era que Catherine hubiese sido guapa y dotada de gracia, inteligente y distinguida —pues su madre había sido la mujer más encantadora de su tiempo—, y, en cuanto a sí mismo, el doctor era consciente de su valía. Por momentos le irritaba haber engendrado una hija tan corriente, e incluso llegaba al extremo de alegrarse al pensar que su mujer no había vivido para conocerla. Naturalmente, el doctor Sloper tardó en llegar a esta conclusión y no quiso dar el asunto por zanjado hasta que Catherine se hubo convertido en una señorita. Le concedió el beneficio de innumerables dudas; no tenía ninguna prisa por sacar conclusiones. La señora Penniman le aseguraba a menudo que la joven tenía un carácter delicioso, pero él sabía cómo interpretar estas afirmaciones. En su opinión significaban que Catherine carecía de la agudeza suficiente para discernir que su tía era mema, una limitación mental que por fuerza debía agradar a la señora Penniman. Sea como fuere, tanto el padre como la tía exageraban las limitaciones de la muchacha, pues aunque ésta quería mucho a su tía y era consciente de la gratitud que le debía, no le inspiraba ni un ápice del dulce temor que era el distintivo de la admiración que profesaba a su padre. No había, para Catherine, nada infinito en la señora Penniman. La caló de inmediato, por así decir, y lo que vio en ella no la deslumbró, mientras que las notables virtudes de su padre parecían alejarse hasta perderse en una suerte de luminosa vaguedad, no porque allí se esfumaran, sino porque Catherine era incapaz de seguirlas más lejos.