Washington Square
Washington Square No debe suponerse que el doctor descargara su decepción sobre la pobre muchacha, ni tan siquiera le daba a entender que le hubiese jugado una mala pasada. Muy al contrario, por miedo a ser injusto, cumplía su deber con un celo ejemplar y reconocía que Catherine era una hija cariñosa y leal. Además, él era un filósofo: diluyó su decepción en el humo de incontables cigarros puros y, con el paso del tiempo, terminó por acostumbrarse. Se complacía en no haber albergado ninguna esperanza, bien es verdad que su razonamiento en este punto tenía algo de extraño. «No espero nada —se decía—; por eso, si me da una sorpresa, todo serán ganancias netas. Si no me la da, no habrá pérdidas.» Esto ocurría más o menos cuando Catherine había cumplido los dieciocho años, lo que demuestra que su padre no se había precipitado. A esas alturas, la muchacha no sólo era incapaz de dar sorpresas, sino que casi cabía cuestionarse su capacidad para recibirlas, de tan callada y poco receptiva como era. Había quienes, hablando en plata, la tildaban de imperturbable. Pero su falta de respuesta obedecía a que era tímida, inquietante y dolorosamente tímida. No todo el mundo lo entendía, de ahí que a veces pasara por insensible. En realidad, no había en el mundo un ser más tierno.