Washington Square
Washington Square Catherine se quedó sola junto al fuego; estuvo allí más de una hora, sumida en sus cavilaciones. Encontraba a su tía agresiva y estúpida, y el hecho de percatarse con tanta claridad, de juzgar a la señora Penniman con tanta crudeza, la hacía sentirse seria y mayor. No le ofendía verse acusada de debilidad; no le causaba la menor impresión, pues no tenía la sensación de ser débil, y tampoco le dolía no saberse apreciada. Sentía un respeto inmenso por su padre y pensaba que disgustarlo era una fechoría equiparable a profanar un templo. Sin embargo, su propósito había madurado despacio y estaba convencida de haberlo purificado con sus rezos. La tarde avanzaba y la luz de la lámpara se consumía sin que Catherine se diese cuenta: sus ojos estaban puestos en su terrible plan. Sabía que su padre estaría en la biblioteca, que llevaba allí buena parte de la noche; de cuando en cuando esperaba oírlo moverse. Creyó que quizá aparecería, como hacía a veces, por el salón. El reloj dio las once y la casa quedó envuelta en silencio; los criados se habían ido a dormir. Catherine se levantó y se acercó despacio a la puerta de la biblioteca, donde esperó un momento inmóvil. Entonces llamó y volvió a esperar. Su padre contestó, pero Catherine no tenía valor para girar la manivela. Lo que le había dicho a su tía era muy cierto: le tenía miedo. Y cuando decía que no tenía la sensación de ser débil, se refería a que no tenía miedo de sí misma. Lo oyó moverse al otro lado de la puerta; se acercaba a abrir.
