Washington Square

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De todos modos, era cierto que había pasado una noche espantosa. No pudo conciliar el sueño después de que su tía se hubiese marchado. Se quedó tumbada en la inhóspita penumbra, con los ojos y los oídos detenidos en el momento en que su padre la echó de la biblioteca y en las palabras con que le dijo que era una hija sin corazón. Su corazón estaba deshecho; tenía suficiente corazón para eso. Por momentos casi llegaba a creer a su padre y a convencerse de que para obrar como obraba debía de ser mala de verdad. Era mala; no podía evitarlo. Procuraría pasar por buena, aunque su corazón se hubiese pervertido, y de cuando en cuando tenía la fantasía de que quizá consiguiera algo haciendo concesiones ingeniosas, al tiempo que perseveraba en sus sentimientos hacia Morris. La inventiva de Catherine era imprecisa, y no nos corresponde a nosotros poner al descubierto su escasa hondura. Lo mejor de ella tal vez se manifestara en ese aspecto lozano que tanto disgustaba a la señora Penniman, quien se maravillaba de que una joven que se había pasado la noche estremecida por la maldición paterna no presentara rastro alguno de demacración. La pobre muchacha era consciente de su lozanía: le proporcionaba una sensación de futuro que fortalecía su decisión. Se le antojaba una prueba de que era fuerte y sólida y compacta, y de que viviría muchos años, quién sabe si más de lo conveniente; y esta idea la acuciaba, pues parecía cargarla con una pretensión adicional justo cuando el cultivo de cualquier pretensión se contradecía con su buen proceder. Escribió ese día a Morris Townsend y le pidió que fuese a verla al día siguiente, con muy pocas palabras y sin dar explicaciones. Ya se lo explicaría todo cara a cara.


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