Washington Square

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XXIV

En los primeros seis meses de viaje, el doctor jamás habló con su hija de la pequeña diferencia que los separaba, en parte por método y en parte porque tenía muchas otras cosas en las que pensar. Era inútil tratar de averiguar cuáles eran los sentimientos de Catherine sin preguntárselo directamente, pues, si entre las influencias familiares del hogar no tenía una naturaleza expresiva, tampoco parecía animarse ante la visión de las montañas suizas o de los monumentos italianos. Se comportaba en todo momento como la dócil y razonable compañera de su padre: admiraba los lugares de interés en deferente silencio, nunca se quejaba de fatiga, siempre estaba lista por la mañana a la hora que él estipulaba la noche anterior, sin críticas absurdas y sin fórmulas de reconocimiento rebuscadas. «Tiene más o menos la misma inteligencia que un montón de bultos», pensaba el doctor, reconociendo no obstante en ella la superioridad de que, mientras que el montón de bultos a veces se perdía o caía del carruaje, Catherine siempre estaba en su sitio y contaba con amplias y sólidas posaderas. En cualquier caso, su padre se esperaba esta actitud, y no tuvo necesidad de atribuir las limitaciones intelectuales de su hija como turista a un estado de depresión anímica: Catherine se había despojado por completo de las características de la víctima y en los doce meses de viaje no profirió un solo suspiro audible. Su padre suponía que estaría carteándose con el señor Townsend, si bien se cuidó mucho de señalarlo, pues jamás vio una carta del joven y Catherine entregaba las suyas al guía, para que éste se encargase de ponerlas en el correo. Tenía noticias de su enamorado con mucha regularidad, pero sus cartas le llegaban adjuntas a las de su tía, de tal suerte que, cuando el doctor le entregaba un paquete en el que figuraba la caligrafía de su hermana, era un instrumento involuntario de la misma pasión que condenaba. Catherine hizo esta reflexión y, mientras que seis meses antes se habría sentido en el deber de confesar ante su padre, ahora se consideraba absuelta. Aún le escocía la herida que él le infligió con sus palabras, cuando ella se vio en la obligación moral de confesarle sus sentimientos. Resolvió que, en lo sucesivo, trataría de complacerlo en la medida de lo posible, pero jamás volvería a hablarle de esa manera. Leía en secreto las cartas de Morris.


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