Washington Square
Washington Square Nuestro relato ha avanzado hasta aquí con pasos muy cortos, si bien ahora que se acerca a su fin debe dar una amplia zancada. Conforme pasaba el tiempo, al doctor habría podido parecerle que la descripción que Catherine había hecho de su ruptura con Morris Townsend, y que él había tomado por mera bravata, no carecía del todo de justificación, a juzgar por lo que sucedió más adelante. Morris siguió rigurosa e implacablemente ausente, como si hubiera muerto de pena, mientras que Catherine aparentaba haber enterrado el recuerdo de este infructuoso episodio en un lugar tan profundo como si, en efecto, todo hubiese terminado por su propia voluntad. Sabemos que estaba honda e incurablemente herida, pero el doctor no tenía forma de conocerlo. Sentía curiosidad y habría dado mucho por descubrir la verdad exacta, pero su castigo fue no saberlo nunca; su castigo, digo, por el sarcasmo que se había permitido en sus relaciones con su hija. Había en verdad un gran sarcasmo en el hecho de que ella lo condenase a la ignorancia, mientras el resto del mundo conspiraba en su favor. La señora Penniman nada le dijo, en parte porque él nunca quiso preguntar —la tenía en muy poca consideración para hacer tal cosa— y en parte porque ella se jactaba de que una actitud de atormentada reserva y una serena profesión de ignorancia refutarían la teoría que su hermano se había formado de que ella se había entrometido en todo aquel asunto. El doctor visitó a la señora Montgomery en dos o tres ocasiones, pero tampoco ésta pudo aclararle nada. Sólo sabía que el compromiso de su hermano se había roto y, ahora que la señorita Sloper se encontraba fuera de peligro, prefería no dar testimonio alguno en contra de Morris. Si lo había hecho con anterioridad —desde luego que a regañadientes— fue sólo por compasión por la señorita Sloper; pero ahora no sentía ya ninguna lástima de ella… ninguna en absoluto. Morris no le habló en su momento de sus relaciones con la señorita Sloper, y nunca había vuelto a nombrarla. Siempre estaba fuera de la ciudad y escribía muy de tarde en tarde. La señora Montgomery lo hacía en California. La señora Almond, según la expresión de su hermana Lavinia, «acogió» fervorosamente a Catherine tras la reciente catástrofe, y aunque la muchacha le agradecía su amabilidad, no le reveló ningún secreto, de ahí que la buena mujer tampoco pudiera satisfacer la curiosidad del doctor. Aun cuando le hubiera sido posible desvelar el infortunado amor de la muchacha, se habría complacido en privar al doctor de este conocimiento, pues la señora Almond no sentía en ese momento demasiada simpatía por su hermano. Adivinó por sus propios medios la crueldad con que Catherine había sido abandonada —no sabía nada por la señora Penniman, quien no se atrevió a ofrecer la famosa explicación de los motivos de Morris ante la señora Almond, por más que para Catherine sí le pareciese suficiente— y a su hermano lo declaraba del todo insensible a lo que la pobre chica había sufrido y aún debía de sufrir. El doctor Sloper tenía su propia teoría, y rara vez renunciaba a sus teorías. El matrimonio habría sido desastroso, y era una gran suerte que su hija se hubiese librado. No había que compadecerla por eso, y fingir condolerse de su situación era tanto como avenirse a que la joven tuviese siquiera el derecho de pensar en Morris.
