Washington Square
Washington Square Fue asà como Catherine se vio con Morris Townsend a solas, y su tÃa no apareció ni siquiera al final de la visita. Fue una visita larga. El joven pasó más de una hora en el salón, sentado en el mejor sillón. Esta vez parecÃa más a sus anchas, más familiar. Ligeramente repantingado en el asiento, azotaba con el bastón un cojÃn que tenÃa cerca, recorrÃa la sala con la mirada y se fijaba en los objetos que veÃa, además de en Catherine, a quien también se permitió contemplar con libertad. HabÃa en sus espléndidos ojos una sonrisa de respetuosa devoción en la que la muchacha percibÃa una belleza casi solemne; evocaba al galán de un poema. Su conversación, sin embargo, no era particularmente caballeresca, sino liviana, sencilla y cordial. Adoptó una actitud práctica, y le hizo a Catherine muchas preguntas personales: cuáles eran sus preferencias, si le gustaba esto y lo otro, y cuáles sus costumbres. Con aquella deliciosa sonrisa parecÃa decirle: «Cuéntemelo todo; hágame un boceto». Catherine tenÃa muy poco que contar y carecÃa de talento para el dibujo; pero antes de que el señor Townsend se hubiera marchado le habÃa confiado su secreta pasión por el teatro, escasamente satisfecha, y su afición por la música operÃstica —en especial la de Bellini y Donizetti (téngase en cuenta, como circunstancia atenuante, que la primitiva muchacha sostenÃa tales opiniones en una época de oscuridad general)— que rara vez tenÃa ocasión de escuchar, salvo en un órgano de mano. Confesó que no era muy aficionada a la literatura. Morris Townsend convino con ella en que los libros eran cosas tediosas; sólo que, asà lo expresó, habÃa que leer muchos antes de darse cuenta. HabÃa estado en lugares sobre los que se habÃan escrito innumerables libros, y en nada se parecÃan a las descripciones que de ellos se ofrecÃan. Ver con los propios ojos: eso era lo importante. Él siempre procuraba ver con sus propios ojos. HabÃa visto a los principales actores; habÃa estado en los mejores teatros de Londres y ParÃs. Pero los actores eran siempre iguales a los escritores; todos exageraban. A él le gustaba la naturalidad. Guardó silencio de pronto, mirando a Catherine con aquella sonrisa.