Washington Square
Washington Square De ninguna manera el doctor tenía la certeza de que esto fuera lo más indicado, y lo cierto es que la situación ante todo le divertía. Ni mucho menos se hallaba en un estado de tensión o de vigilancia ante las perspectivas de Catherine. Incluso se protegía del ridículo que podría asociarse al espectáculo de una casa puesta patas arriba por el hecho de que su hija y heredera recibiese una atención sin precedentes en los anales de la familia. Y aun llegó al extremo de hacerse ilusiones de disfrutar del drama —si drama era— en el que la señora Penniman ambicionaba darle al señor Townsend el papel de héroe. No tenía, por el momento, ninguna intención de intervenir en el desenlace. Estaba dispuesto, tal como había sugerido Elizabeth, a conceder al joven el beneficio de la duda. No había ningún peligro en proceder de este modo, pues Catherine, a sus veintidós años, era a fin de cuentas una flor en su plenitud, y sólo una enérgica sacudida podría desprenderla de su tallo. Que Morris Townsend fuese pobre no era forzosamente un motivo para rechazarlo. El doctor Sloper nunca había concluido que su hija tuviera que casarse con un hombre rico. La fortuna que heredaría la joven le parecía provisión suficiente para dos personas juiciosas, y, si un mozo sin un céntimo pero con buenas referencias aspirase a entrar en la lista, el doctor lo juzgaría por sus méritos personales. Había otras cosas al margen del dinero. Se le hacía muy vulgar apresurarse a atribuir a las personas motivos espurios, toda vez que su puerta no había sufrido hasta el momento el asedio de los cazadores de fortunas. Y, por último, tenía una enorme curiosidad por ver si Catherine de verdad podía ser amada por su valía moral. Sonrió al recordar que el pobre señor Townsend sólo había visitado la casa en dos ocasiones, y le pidió a su hermana que, la próxima vez que fuese por allí, lo invitara a cenar.
