Washington Square
Washington Square De ser cierto que Catherine estaba enamorada, se conducÃa con una discreción en verdad admirable. No obstante, el doctor bien sabÃa que tal discreción podÃa significar muchas cosas. Catherine le habÃa dicho a Morris Townsend que no pronunciarÃa su nombre en presencia de su padre, y no veÃa razón alguna para retirar su voto de prudencia. Sólo por cortesÃa social podÃa regresar Townsend a Washington Square después de aquella cena; y fue natural que, tras el amable trato recibido en esta ocasión, continuara frecuentando la casa. DisponÃa de tiempo libre en abundancia, y, en el Nueva York de hace treinta años, un joven ocioso tenÃa buenos motivos para agradecer todo cuanto le permitiera olvidarse de sà mismo. Catherine no informó a su padre de estas visitas, pese a que pronto se convirtieron en lo más importante y absorbente de su vida. Estaba feliz. No sabÃa, por el momento, en qué irÃa a parar todo aquello, pero el presente habÃa cobrado de pronto una fuerza y una solemnidad inesperadas. Si alguien le hubiese dicho que estaba enamorada, se habrÃa sorprendido bastante, pues tenÃa la idea de que el amor era una pasión devoradora y exigente, y en esos dÃas, en cambio, su corazón rebosaba abnegación y sacrificio. En cuanto Morris Townsend salÃa de su casa, la imaginación de Catherine se volcaba, con todas sus fuerzas, en la próxima visita del muchacho y, si en ese instante alguien le hubiese dicho que no regresarÃa hasta pasado un año, incluso que no regresarÃa nunca, no habrÃa protestado ni se habrÃa rebelado, sino que habrÃa aceptado humildemente la sentencia y buscado consuelo en la evocación de las horas transcurridas en su compañÃa, las palabras que él habÃa pronunciado, su voz, sus pasos, la expresión de su rostro. El amor reclama ciertas cosas como derecho legÃtimo, pero Catherine no tenÃa sentido alguno de sus derechos; sólo tenÃa conciencia de los inmensos e inesperados favores que recibÃa. Ni siquiera se permitÃa dar voz a su gratitud, pues se le antojaba impúdico hacer ostentación de su secreto. El doctor Sloper sospechaba de las visitas de Morris Townsend y reparaba en la actitud reservada de su hija. Ella parecÃa pedir perdón: lo miraba en silencio, a todas horas, como dando a entender que callaba por temor a despertar su irritación. La muda elocuencia de la pobre muchacha irritaba a su padre mucho más que cualquier cosa, y en más de una ocasión se sorprendió murmurando que era una terrible desgracia que su única hija fuese tan simplona. Sus murmuraciones, en todo caso, eran inaudibles, y por espacio de algún tiempo no dijo nada a nadie. Le habrÃa gustado saber con qué frecuencia exactamente visitaba su casa el joven Townsend, pero se habÃa prometido no hacer preguntas a su hija, no decir nada que pudiese inducirla a creer que la vigilaba. El doctor tenÃa en alto concepto conducirse como un hombre justo, deseaba dar a su hija libertad y sólo interferÃa en caso de peligro inminente. No era su costumbre obtener información por procedimientos indirectos, y ni por un instante se le pasó por la cabeza interrogar al servicio. En cuanto a su hermana, detestaba hablar con ella del asunto. Le sacaba de quicio su ridÃculo romanticismo. Sin embargo, no le quedó más remedio. Las convicciones de la señora Penniman sobre las relaciones entre su sobrina y el joven Townsend —que salvaban las apariencias con el pretexto de que eran visitas dirigidas a ambas damas— habÃan entrado en una fase más madura y más fértil. No habÃa el menor asomo de crudeza en el tratamiento que la señora Penniman otorgaba a la situación, pues se habÃa vuelto tan reservada como la propia Catherine. Saboreaba las mieles del ocultamiento y se decantó por seguir la senda del misterio. «Le encantarÃa poder demostrar que es perseguida», reflexionó el doctor. Y, cuando por fin se decidió a interrogarla, estaba seguro de que ella se las ingeniarÃa para encontrar en sus palabras una justificación a esta creencia.
