Washington Square
Washington Square —Ten la bondad de ponerme al corriente de lo que está pasando en la casa —le dijo, en un tono que, dadas las circunstancias, a él mismo le pareció cordial.
—¿Lo que está pasando, Austin? —se extrañó la señora Penniman—. Te aseguro que no lo sé. Creo que anoche la gata gris tuvo gatitos.
—¿A su edad? —ironizó el doctor—. La idea es sorprendente, casi espeluznante. Asegúrate de que los ahogan a todos. Pero, dime, ¿qué más ha pasado?
—¡Ay, pobres gatitos! —exclamó su hermana—. ¡Por nada del mundo los ahogarÃa!
El doctor saboreó su cigarro en silencio.
—Esa compasión por los gatitos —señaló después— te viene de un rasgo felino en tu propia personalidad.
—Los gatos son muy elegantes y muy limpios —asintió la señora Penniman con una sonrisa.
—Y muy furtivos. Tú eres la encarnación tanto de la elegancia como de la pulcritud, pero careces de franqueza.
—Desde luego que no es tu caso, mi querido hermano.
—No pretendo ser elegante, aunque sà procuro ser pulcro. ¿Por qué no me has dicho que el señor Morris Townsend viene a esta casa cuatro veces a la semana?
La señora Penniman enarcó las cejas.
—¡Cuatro veces a la semana!