El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Recordé entonces una conversación que había tenido con un amigo, tiempo atrás:
—¿Y si la fe no consiste en creer en algo? —me había dicho—. ¿Y si consiste en amar a alguien que cree?
Esa idea, entonces absurda, ahora me parecía luminosa. Porque eso era lo que había sentido junto a Francisco: no que yo creyera, sino que podía confiar en su creencia. Y en su ternura. Y en su verdad.
Durante días releí mis notas, los fragmentos de discurso, los gestos callados, las escenas cotidianas del Papa en Mongolia. Cada línea parecía estar tejida con la misma materia: compasión, coraje, convicción.
Pensé en cómo, desde los márgenes del mundo, Francisco había lanzado un mensaje que no buscaba convertir, sino consolar. No imponer, sino ofrecer. No exigir, sino compartir.
Y pensé en mi madre. En su fe sin aspavientos, en su manera de rezar en voz baja, como quien habla con alguien real. Tal vez eso era lo más poderoso de la religión: no las respuestas, sino la intimidad del diálogo, la obstinación del amor.
Una noche, en mi casa vacía, volví a abrir el cuaderno del viaje. En la última página, había escrito sin darme cuenta: “Si la literatura es una forma de inmortalidad, tal vez la fe lo sea también. Y si no lo es, al menos consuela como si lo fuera.”