El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Primero dudé. Pensé que alguien me estaba tomando el pelo. Pero después llegaron las confirmaciones, las llamadas, los protocolos. Era cierto. Francisco, el Papa que había revolucionado la idea de Iglesia, que hablaba con frases llanas y caminaba entre los pobres, quería que yo estuviera allí.
—¿Por qué yo?— pregunté varias veces. No era un hombre de fe. No era un militante. Apenas un cronista del mundo moderno, de sus pliegues y derrotas. Pero quizá eso era precisamente lo que buscaban: un testigo que no creyera, para contar desde dentro aquello que solo parece entenderse desde fuera.
Antes del viaje, tuve que ir a Roma. La Ciudad Eterna, esa mezcla de ruina y gloria, me recibió con sus monseñores, sus pasillos de mármol y un murmullo de siglos. En una sala privada del Vaticano, me presentaron a algunos colaboradores cercanos al Papa. Había una extraña mezcla de tensión y cordialidad en el ambiente.
Uno de ellos me dijo:
—Francisco quiere que este viaje lo acompañen personas que no estén siempre de acuerdo con él. Cree en el diálogo, incluso con los que no creen en nada.
Y yo asentí, sin saber aún que esa frase iba a resonar en mí durante todo el viaje.
