El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Poco a poco, mientras se acercaba la fecha de partida, fui entrando en la lógica de ese mundo que siempre me había parecido ajeno: la lógica de la fe. Empecé a leer sobre Mongolia, sobre el cristianismo en tierras inhóspitas, sobre las misiones perdidas en el desierto de Asia. Y sobre Francisco, el “loco de Dios”, como lo llamaban algunos.
Un loco que había decidido ir a uno de los países con menos católicos del mundo, simplemente porque ahí estaban los márgenes. —Donde hay poco, hay que estar más—, había dicho en una entrevista.
Esa frase me golpeó. Era lo contrario a todo lo que enseñaban las leyes del mercado, de la política, incluso del sentido común. Pero tenía algo de verdad. De belleza. De locura también.
Esa noche, en Roma, antes de embarcar hacia el fin del mundo, me senté frente al Coliseo iluminado y escribí en mi cuaderno: “Estoy a punto de embarcarme en el viaje más improbable de mi vida. No sé si creo. No sé si quiero creer. Pero voy tras una respuesta que no sé si merezco.”
Y así partí. No como periodista. No como escritor siquiera. Partí como hijo. Como hombre. Como alguien que necesitaba saber si el amor sobrevive a la muerte.
