La decisión más difícil
La decisión más difícil La primera vez que sintió que su existencia estaba predeterminada fue a los seis años. Después de una operación, su madre le dijo: —Hicimos todo esto por Kate, porque te necesitamos. Eres nuestra esperanza.
Pero ahora, a los trece, Anna empezaba a preguntarse si querer a su hermana significaba perderse a sí misma.
Al día siguiente, tomó una decisión que nadie vio venir. Fue al despacho de un abogado. —¿Qué puedo hacer por ti, Anna? —preguntó Campbell Alexander, un hombre cuya sonrisa era tan afilada como su reputación. —Quiero demandar a mis padres.
Y con esas palabras, Anna Fitzgerald encendió una chispa que amenazaba con consumir su familia por completo.
Anna observó a Campbell Alexander detrás de su escritorio, un hombre que parecía más acostumbrado a manejar casos imposibles que a lidiar con una niña de trece años. Sin embargo, algo en su voz y en su mirada decidida lo hizo escucharla con atención.
—¿Quieres demandar a tus padres? —repitió, como si necesitara confirmar que esas palabras habían salido de la boca de alguien tan joven. —Sí. Quiero control sobre mi propio cuerpo. No quiero seguir siendo la solución para mi hermana.
