No traiciones a mi corazón
No traiciones a mi corazón Reina contuvo el aliento. La decisión se dibujó ante ella como un abismo. La rendición no era una opción.
—Acepto —dijo finalmente, aunque su interior se revolvía como un mar en tormenta.
Y así, mientras las puertas del castillo amenazaban con ceder, un pacto nació entre la joven dama y el guerrero mercenario. Un pacto que sería tan peligroso como el filo de una espada.
Los pasos de Ranulf resonaron en el salón principal del castillo mientras los hombres bajo su mando se desplegaban para reforzar las defensas. Era un gigante de movimientos seguros, su figura cubierta por una armadura desgastada por el uso, pero su porte no dejaba dudas de que era un hombre acostumbrado a comandar. Reina lo observaba desde lo alto de la escalera principal, su mente atrapada entre la necesidad y el recelo.
—¿Dónde quieres que posicione a mis hombres? —preguntó Ranulf con brusquedad, sin molestarse en inclinar la cabeza como lo haría un vasallo frente a su señora.
—En las puertas interiores —respondió Reina, cruzando los brazos en un intento de ocultar su nerviosismo. —Pero no olvidaré que esta alianza es de conveniencia, no de confianza.
Ranulf alzó una ceja, divertido.
