La vieja guardia
La vieja guardia —Lo segundo —sigue la mujer— es que el cuerpo con el que nacieron ya no les servirá. Van a recibir algo nuevo.
Y con eso, los conducen a un pasillo con múltiples habitaciones, cada una equipada con un pod médico.
—Por favor, desnúdense y entren en los pods —ordena una voz por los altavoces.
John se queda un momento mirando la máquina. Parece un ataúd futurista.
—Bueno, Perry —se dice a sà mismo—, ya estás aquÃ.
Entra en el pod. La tapa se cierra. Un gas frÃo llena la cápsula y la consciencia lo abandona.
Cuando despierta, todo es distinto.
El mundo está más nÃtido, más definido. La luz no le molesta los ojos, el aire huele más puro, su cuerpo…
No duele.
Se sienta de golpe, mirando sus manos. Firmes, jóvenes. Fuerza real en cada músculo.
Una pantalla junto a él se enciende, mostrando su reflejo. Cabello oscuro, piel tersa, sin una sola arruga.
Dios santo.