Yawar fiesta
Yawar fiesta En los ayllus, la sensación era distinta. No hubo arrogancia, sino una calma orgullosa. Los varayok’s retomaron sus funciones, el riego se repartía como siempre, pero en los ojos de los comuneros brillaba algo nuevo: dignidad inquebrantable.
El cuerpo del Misitu fue enterrado con respeto. En la puna, los ancianos contaban su historia como si fuera la de un dios. El toro, dicen, vino a morir para recordarle al mundo que Puquio no es una postal del pasado, sino un corazón que late con furia.
—No nos mataron. Solo nos miraron mal. Y eso no basta para hacernos desaparecer —dijo don Timoteo ante una ronda de coca y aguardiente.
Ese acto, esa fiesta sangrienta, fue más que una tradición. Fue un manifiesto. El toro representaba la fuerza de la tierra, la resistencia de lo ancestral. La “patria” que llegó con leyes y castigos no pudo con la patria que nace de la quebrada, del canto, de la danza. Porque en el fondo, el verdadero país de los comuneros no está en los papeles ni en los despachos. Está en el suelo que pisan y en la sangre que están dispuestos a derramar para defenderlo.