Yawar fiesta
Yawar fiesta Las generaciones siguientes crecieron entre la nostalgia y el aprendizaje. Algunos dejaron el pueblo rumbo a Lima, a la costa, buscando estudios o trabajo. Pero incluso ellos, al volver, miraban la plaza con otros ojos. No era solo tierra y polvo. Era territorio sagrado.
Don Pancho murió con el rostro sereno. Dijo sus últimas palabras mientras bebía un sorbo de chicha en la sombra de un molle:
—Ya no soy necesario. La semilla está en ustedes.
Y así, sin dramatismo, sin que nadie llore demasiado, lo llevaron a enterrar donde nacen las vertientes. Junto a él, colocaron una piedra sin nombre. No hacía falta tallar nada. Todos sabían quién y qué descansaba allí.
La historia no terminó con la fiesta. Continuó en pequeñas luchas: un juicio ganado por el agua, una chacra defendida con documentos y testigos, una escuela donde los niños aprendieron que el quechua no era vergüenza, sino herencia.
El gobierno no volvió a prohibir la Yawar Fiesta, pero tampoco la reconoció nunca. La ignorancia oficial fue su forma de ceder sin admitir derrota. Y Puquio lo entendió. A veces, sobrevivir es el acto más político.