Yawar fiesta
Yawar fiesta En esa división, la fiesta del Yawar es el único momento donde los roles se tambalean. Una corrida brutal, sagrada. Un toro salvaje, el Misitu, traído de las alturas, es enfrentado por un hombre, un valiente, un danzante con poncho rojo que representa el alma del pueblo. Sin plaza cerrada, sin protección. Solo la bravura y la música. Es su ceremonia, su acto de resistencia. Pero los tiempos cambian. Desde Lima, el Estado extiende sus tentáculos, y la amenaza de prohibir la fiesta se cierne como una nube de pólvora.
Mientras tanto, la vida transcurre con su cruel equilibrio. Los terratenientes, como don Julián Arangüena, dominan con su bastón y su mirada altiva. Los mestizos se debaten entre ser chalos serviles o traidores, según convenga. Los comuneros, por su parte, mantienen la tierra con trabajo, cánticos y furia contenida. No tienen títulos, pero tienen memoria. Y es allí donde empieza a germinar la disidencia.
Un niño observa este mundo fragmentado. Es testigo silencioso de injusticias y de alianzas extrañas. Ve cómo los mistis compran a los jueces y roban las mejores chacras. Cómo los ayllus, cansados de ser despojados, convocan asambleas y defienden el agua como si defendieran a sus muertos.
