Ulises

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Dijo que iba a ir al paraíso o que está en el paraíso. Se lo dice a todos. Agotadora tarea. Pero tiene que decir algo. El sacerdote cerró su libro y salió, seguido por el acólito. Corny Kelleher abrió las puertas laterales y entraron los sepultureros, alzaron el ataúd otra vez, lo llevaron fuera y lo metieron en el carromato. Corny Kelleher dio una corona al muchacho y otra al cuñado. Todos los siguieron saliendo por las puertas laterales al apacible aire gris. El señor Bloom salió el último, doblando otra vez el diario metiéndoselo en el bolsillo. Miró gravemente al suelo hasta que el carromato con el ataúd giró hacia la izquierda. El metal de las ruedas trituró la grava con un lamento chirriante y la cuadrilla de torpes botas siguió a la carretilla a lo largo de un sendero de sepulturas.

La ri la ra ri la ra li ru. ¡Dios!, no tengo que tararear aquí.

—La plazoleta de O’Connell —dijo el señor Dedalus cerca de él.

Los ojos plácidos del señor Power se levantaron hacia la cúspide del imponente cono[59].

—Está en reposo —dijo— en medio de su pueblo, el viejo Dan O’. Pero su corazón está enterrado en Roma. ¡Cuántos corazones rotos yacen aquí, Simon!

—La sepultura de ella está por allí, Jack —murmuró el señor Dedalus—. Pronto estaré a su lado. Que Dios me lleve cuando quiera.


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