Ulises
Ulises —¡Que vaya a bañarse! —dijo el señor Dedalus—. ¡Bendito y eterno Dios! ¡Caramba! ¿Es posible que le paguen por hacer eso?
—Porque era, en el incomparable panorama del álbum de Irlanda, la verdadera sin rival, a pesar de los alabados prototipos de otras vanagloriadas regiones, porque la misma belleza de la frondosa arboleda, la ondulante planicie y la deliciosa pradera de verde primaveral, impregnadas en la trascendente incandescencia traslúcida de nuestro apacible y misterioso crepúsculo irlandés…
SU JERGA NATAL
—La luna —dijo el profesor MacHugh—. Olvidó Hamlet[28].
—Que envuelve la amplia y lejana vista y espera que la incandescente esfera de la luna irradie sus brillos de plata.
—¡Oh! —gritó el señor Dedalus, dejando escapar un gemido de desesperación—, ¡caca con cebollas! Basta, Ned. La vida es demasiado corta.
Se quitó el sombrero de copa y resoplando irritado a través de sus poblados mostachos, se peinó el cabello haciendo rastrillo con los dedos.
Ned Lambert tiró a un lado el diario reventando de placer. Un instante después un ronco ladrido de risa estalló sobre el rostro sin afeitar de anteojos negros del profesor MacHugh.