Ulises
Ulises LA GRANDEZA QUE FUE ROMA
—Espera un momento —dijo el profesor MacHugh levantando dos garras tranquilas—. No tenemos que dejarnos llevar por las palabras, por el ruido de las palabras. Pensamos en la Roma imperial, imperiosa, imperativa.
Desde gastados puños de camisa manchados alargó sus brazos declamatorios, haciendo una pausa:
—¿Cuál fue su civilización? Vasta, lo concedo: pero vil. Cloacas: alcantarillas. Los judÃos en el desierto y sobre la cima de la montaña decÃan: Aquà se está bien. Levantemos un altar a Jehová. El romano, como el inglés, que sigue sus pasos, aportó a cada nueva playa donde posaba sus plantas (nunca las posó en nuestras playas), tan sólo su obsesión cloacal. Envuelto en su toga miraba alrededor de él, y exclamaba: Aquà me parece bien. Construyamos una letrina[43].
—Eso mismo hacÃan nuestros antiguos antepasados —dijo Lenehan—, según podemos leerlo en el primer capÃtulo de Guinness[44]; tenÃan verdadera debilidad por el agua corriente.
—Eran caballeros por naturaleza —murmuró J. J. O’Molloy—. Pero también tenemos la ley romana.
—Y Poncio Pilatos es su profeta —respondió el profesor MacHugh.