Ulises
Ulises . . .mentrechè el vento, come fa, si tace
Las vio, de tres en tres, muchachas que se acercaban, en verde, en rosa, en bermejo, entrelazándose, per l’aer perso en malva, en púrpura, quella pacifica oriafiamma, en oro u oriflama, di rimirar fe più ardenti. Pero yo hombres ancianos, penitentes, deplomocalzados, en la profunoscurada noche: boca, toca: fatal, natal.
—Habla por ti mismo —dijo el señor O’Madden Burke.
A CADA TIEMPO…
J. J. O’Molloy, sonriendo pálidamente, recogió el guante.
—Mi querido Myles —dijo arrojando a un lado el cigarrillo—, has dado un sentido falso a mis palabras. No tengo nada en contra, como se acaba de decir, contra la tercera profesión qua profesión[73], pero tus piernas de Cork[*] te llevan demasiado lejos. ¿Por qué no traer a colación a Henry Grattan y a Flood y a Demóstenes y a Edmund Burke? Todos conocemos a Ignatius Gallaher y a su patrón de Chapelizod, Harmsworth de la prensa de dos al cuarto, y el timo de su primo americano de Bowery, por no mencionar el Paddy Kelly’s Budget, el Pue’s Occurrences y nuestro vigilante amigo The Skybereen Eagle. ¿Por qué venirnos con un maestro de la elocuencia forense como Whiteside? A cada tiempo su diario.
REMINISCENCIAS DE LOS DÍAS DE ANTAÑO