Ulises

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J. J. O’Molloy puso una cara larga y siguió caminando en silencio. Alcanzaron a los demás y caminaron uno al lado del otro.

—Cuando se han comido la carne y el pan y limpiado sus veinte dedos en el papel en que estaba envuelto éste, se acercan a la baranda.

—Algo para ti —explicó el profesor a Myles Crawford—. Dos viejas mujeres de Dublín sobre la punta de la columna de Nelson.

¡ÉSA SÍ QUE ES UNA COLUMNA!

DIJO UNA GALLINETA

—¡Valiente novedad! —dijo Myles Crawford—. Eso es una copia. Excursionistas de toda la vida. Dos viejas granujas, ¿qué más?

—Pero tienen miedo de que se caiga la columna —siguió Stephen—. Ven los tejados y discuten acerca de dónde están las diferentes iglesias: la cúpula azul de Rathmines[91], la de Adán y Eva, la de San Laurence O’Toole. Pero les da vértigo mirar, así que se suben las faldas…

ESAS HEMBRAS LIGERAMENTE ALZADAS

—Quietos ahí —dijo Myles Crawford—, nada de licencias poéticas. Estamos en la archidiócesis.

—Y se quedaron con sus enaguas rayadas, atisbando la estatua del manco adúltero.


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