Ulises
Ulises —El alma ha sido antes herida mortalmente, un veneno vertido en el pórtico de un oído entregado al sueño[53]. Pero aquellos que son muertos mientras duermen no pueden saber el porqué de su muerte, a menos que el Creador favorezca a sus almas con esa revelación en la vida futura.
El espectro del rey Hamlet no podía haber tenido conocimiento del envenenamiento ni de la bestia de dos espaldas que lo indujo si no hubiera sido dotado de semejante conocimiento por su creador. Por eso su discurso (en magro inglés desagradable) está siempre orientado hacia otra parte, y retrocediendo. Arrebatador y arrebatado, lo que quería pero no quería va con él desde las esferas[54] de marfil bordeadas de azul de Lucrecia al pecho de Imogen, desnudo, con su areola de cinco manchas. Él se vuelve fatigado de la creación que ha amontonado para esconderse de sí mismo, viejo perro lamiendo una vieja llaga. Pero él, como la pérdida es su ganancia, pasa incólume hacia la inmortalidad sin sacar provecho de la sabiduría que ha escrito o de las leyes que ha revelado. Su visera está levantada. Él es un espíritu, una sombra ahora, el viento en las rocas de Elsinore o lo que ustedes quieran, la voz del mar, una voz escuchada solamente en el corazón de aquel que es la sustancia de su sombra, el hijo consustancial al padre.
—¡Amén! —respondieron desde la puerta.
¿Me has encontrado, ¡oh!, mi enemigo?[55].