Ulises

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—¡Oh, persona imposible! —exclamó.

Se alejó rápidamente por el parapeto. Stephen se quedó en su sitio, mirando el mar hacia la punta de tierra. El mar y la punta de tierra iban oscureciéndose ahora. El pulso le sacudía en los ojos, velándole la vista, y sintió fiebre de sus mejillas.

Alguien llamó a voces desde el interior de la torre.

—¿Estás ahí, Mulligan?

—Ya voy —contestó Buck Mulligan.

Se volvió hacia Stephen y dijo:

—Mira el mar. ¿Qué le importan a él las ofensas? Olvídate de Loyola, Kinch, y baja. El sajón reclama su jamón matutino.

Su cabeza se detuvo otra vez por un momento al extremo de la escalera, al nivel del techo:

—No te quedes atontado todo el día pensando en eso —dijo—. Yo soy inconsecuente. Abandona las cavilaciones taciturnas.

Su cabeza desapareció, pero el zumbido de su voz que descendía retumbó fuera de la escalera:

Y no más arrinconarse y cavilar

sobre el amargo misterio del amor,

porque Fergus maneja los carros de bronce[25].


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