Ulises
Ulises Luego, con las facciones contraÃdas bruscamente, gruñó con voz áspera, al par que arremetÃa de nuevo, vigorosamente, contra el pan:
Porque a la vieja Mary Ann[34]
no le importa un comino,
pero levantando sus enaguas…
Se llenó la boca de fritura y se puso a mascar y zumbar.
El hueco de la puerta se oscureció por una forma que entraba.
—La leche, señor.
—Entre, señora —dijo Mulligan—. Kinch, trae la jarra.
Una anciana se adelantó, colocándose cerca del codo de Stephen.
—Hermosa mañana, señor —dijo—. Que Dios sea loado.
—¿Quién? —dijo Mulligan, con una ojeada—. ¡Ah, sÃ, cómo no!
Stephen se estiró hacia atrás y alcanzó la jarra de la alacena.
—Los isleños —dijo Mulligan a Haines, con displicencia— se refieren frecuentemente al coleccionista de prepucios.
—¿Cuánto, señor? —preguntó la vieja.
—Un litro —dijo Stephen.