Ulises

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—Grande no es el nombre que hay que darle —dijo Buck Mulligan—. Es decididamente maravillosa. Sírvenos un poco más de té, Kinch. ¿Gustaría tomar una taza, señora?

—No, gracias, señor —respondió la vieja pasando el asa del tarro de la leche sobre su antebrazo y disponiéndose a retirarse.

Haines le dijo:

—¿Tiene usted la cuenta? Sería mejor que le pagáramos, Mulligan, ¿no es cierto?

Stephen llenó de nuevo las tres tazas.

—¿La cuenta, señor? —dijo ella, deteniéndose—. Bueno, son siete mañanas de medio litro a dos peniques, siete veces dos son un chelín y dos peniques más y estas tres mañanas un litro a cuatro peniques son tres litros por un chelín más un chelín y dos son dos y dos, señor.

Buck Mulligan suspiró, y habiéndose llenado la boca con una corteza abundantemente untada de manteca por ambos lados, estiró las piernas y comenzó a revisar los bolsillos de su pantalón.

—Paga y con buena cara —le dijo Haines sonriendo.

Stephen llenó las tres tazas. Una cucharada de té coloreaba levemente la leche rica y espesa. Buck Mulligan sacó un florín, le dio vuelta entre sus dedos y gritó:


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