Ulises
Ulises EL atardecer de verano empezaba a envolver al mundo en su misterioso abrazo. El sol descendía a lo lejos, hacia el oeste, lanzando los últimos destellos de un día demasiado efímero, destellos que se detenían amorosamente en el mar y la playa, sobre el orgulloso promontorio del viejo Howth[1], sempiterno custodio de las aguas de la bahía, sobre las rocas cubiertas de vegetación a lo largo de la costa de Sandymount y, finalmente aunque no en menor cuantía, en la tranquila iglesia desde la cual se derramaba a intervalos la voz de la oración que entre la quietud se elevaba a aquella que es un eterno faro para el atribulado corazón del hombre: María, la estrella del mar.