Ulises
Ulises Algunos volvieron a reír: sin alegría pero con intención. Dos cuchicheaban en el último banco. Sí. Ellos sabían: nunca habían aprendido ni habían sido nunca inocentes. Todos. Observó sus rostros con envidia. Edith, Ethel, Gerty, Lily. Sus parecidos: sus alientos también, dulcificados por el té y la mermelada, el gracejo de sus pulseras al sacudirse.
—El muelle de Kingstown —dijo Stephen—. Un puente chasqueado.
Las palabras turbaron sus miradas.
—¿Cómo, señor? —preguntó Comyn—. Un puente cruza un río.
Para el libro de dichos de Haines. Nadie está aquí para escuchar. Esta noche, hábilmente, entre bebida salvaje y charla, para perforar la lustrada cota de malla de su mente. ¿Después, qué? Un bufón en la corte de su señor, tratado con indulgencia y sin estima, obteniendo la alabanza de un señor clemente. ¿Por qué habían elegido todos ellos ese papel? No enteramente por la dulzona caricia. Para ellos la historia era también un cuento como cualquier otro, oído con demasiada frecuencia; su patria, una casa de empeño.