Ulises

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Su mano volvió la página. Se apoyó hacia atrás y siguió, acabando de recordar. Del que anduvo sobre las olas. Aquí también, sobre estos corazones cobardes, se extiende su sombra, y sobre el corazón y los labios del que se burla, y sobre los míos. Se extiende sobre los rostros ansiosos de aquellos que le ofrecían una moneda del tributo. Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios. Una mirada larga de ojos oscuros, una frase enigmática para ser tejida y retejida en los telares de la iglesia. Sí.

Adivina, adivina, adivinador,

mi padre me dio semillas para sembrar[8].

Talbot deslizó su libro cerrado dentro de la cartera.

—¿Les he preguntado a todos? —preguntó Stephen.

—Sí, señor. Hockey a las diez, señor.

—Mediodía, señor. Jueves.

—¿Quién puede resolver una adivinanza? —preguntó Stephen.

Cerraron y guardaron sus libros, los lápices repiqueteando, las hojas raspando. Apiñándose todos; pasaron las correas de las carteras y abrocharon las hebillas, charlando todos alegremente.

—¿Una adivinanza, señor? Pregúnteme a mí, señor.

—¡Oh, a mí, señor!


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