Ulises
Ulises Se dispersaron, deslizándose de sus bancos, saltando sobre ellos. Al instante habían desaparecido, y del cuarto de los trastos llegó el golpeteo de los bastones y el tumulto de sus botas y sus lenguas.
Sargent, el único que se había quedado atrás, se acercó lentamente, mostrando un cuaderno abierto. Sus cabellos enmarañados y el cuello descarnado denotaban confusión, y a través de las gafas empañadas sus ojos débiles miraban suplicantes. Sobre su mejilla, triste y sin sangre, había una mancha de tinta en forma de dátil, reciente y húmeda como la baba de un caracol.
Alargó su cuaderno. La palabra «Problemas» estaba escrita en el encabezamiento. Abajo zigzagueaban los números y al pie aparecía una firma torcida, con confusos lazos, y una mancha. Cyril Sargent: su nombre y sello.
—El señor Deasy me dijo que los hiciera todos de nuevo —dijo— y que se los mostrara a usted.
Stephen tocó los bordes del libro. Futilidad.
—¿Entiendes ahora cómo se hacen? —preguntó.
—Los números del once al quince —contestó Sargent—. El señor Deasy me dijo que tenía que copiarlos del pizarrón, señor.
—¿Puedes hacerlos tú mismo? —preguntó Stephen.
—No, señor.