Ulises
Ulises Sus ojos, dilatados por la visión, se fijaron severamente en el rayo de sol en que hizo alto.
—Un comerciante —dijo Stephen— es uno que compra barato y vende caro, judÃo o gentil, ¿no es asÃ?
—Pecaron contra la luz —exclamó el señor Deasy gravemente—. Y usted puede ver las tinieblas en sus ojos. Y por eso andan todavÃa errantes sobre la tierra.
Sobre los escalones de la Bolsa de ParÃs[24], los hombres de piel dorada fijan precios con sus dedos enjoyados. Parloteo de gansos. BullÃan escandalizando groseramente en el templo, con sus cabezas conspirando estúpidamente bajo torpes casquetes de seda. No son suyos: estos vestidos, este lenguaje, estos gestos. Sus ojos llenos y pesados desmentÃan las palabras, el ardor de los gestos inofensivos, pero sabÃan que el rencor se amasaba entre ellos y sabÃan que su celo era vano. Paciencia vana para amontonar y atesorar. El tiempo seguramente lo dispersarÃa todo. Un montón acumulado al borde del camino: pisoteado y dispersándose. Sus ojos conocÃan los años de errancia y, pacientes, los estigmas de su raza.
—¿Quién no lo ha hecho? —dijo Stephen.
—¿Qué quiere decir usted? —preguntó el señor Deasy.