EspÃa de Dios
EspÃa de Dios Fowler se abalanza sobre él. Pero Karoski no huye. No se resiste. Solo sonrÃe.
—Mi trabajo ha terminado.
Es arrestado sin violencia. Ni una palabra más. Solo la mirada fija en el nuevo Papa. Como si esperara… algo.
Esa noche, Roma no duerme. El Vaticano tiembla por dentro, aunque por fuera todo sigue igual. La pregunta queda suspendida como una espada:
¿Fue Karoski un asesino… o el profeta de un apocalipsis interno?
Paola se encierra en su habitación. Revisa el expediente una vez más. En una esquina, una lÃnea subrayada por Karoski:
"La verdad os hará libres... pero antes, os destruirá."
Karoski está encerrado. Custodiado por la GendarmerÃa Vaticana, vigilado las veinticuatro horas. No habla. No come. Solo reza. Y espera.
Paola lo visita en su celda. No porque lo necesite para el caso. Sino porque, de algún modo perverso, Karoski ha sembrado una duda en su alma. Ella también ha sido una vÃctima del silencio. También fue condenada por una culpa que no era suya.
—¿Por qué no lo detuviste tú mismo? —le pregunta.
