Pedro Páramo
Pedro Páramo De repente, sentĂ que el suelo bajo mis pies era parte de un juego macabro, que con cada palabra, cada silencio, Pedro Páramo se volvĂa más real, una presencia difusa que no necesitaba estar viva para dominarlo todo.
“No entiendo…” susurré, sintiéndome cada vez más perdido.
“No, tal vez no aún. Pero lo entenderás.” Doña Eduviges me miró con una extraña tristeza. “Quien pone un pie en Comala no regresa igual, si es que regresa.”
Me quedĂ© en silencio, con la sensaciĂłn de que habĂa entrado en un mundo del que no sabĂa nada. Frente a mĂ, doña Eduviges parecĂa dispuesta a revelarme cada secreto oscuro que las paredes y el suelo habĂan absorbido, cada lamento que la tierra se habĂa tragado en su inagotable sequedad.
“¿Y Pedro… lo veré?” pregunté, intentando hallar en esa figura desconocida a un hombre de carne y hueso.
Ella solo riĂł, una risa hueca y rota que resonĂł en las paredes de la casa vacĂa. “AquĂ todos buscamos a Pedro, y Ă©l… Ă©l está donde menos lo esperas.”