Pedro Páramo
Pedro Páramo La escuchaba sin atreverme a interrumpir. En sus palabras, en la forma en que nombraba a Pedro Páramo, no había solo reverencia, sino una mezcla de temor y resignación. Sentí un escalofrío recorrerme al imaginar al hombre al que venía a encontrar, un hombre al que mi madre había evocado con tanto resentimiento. Pero este era un Pedro diferente, uno que parecía abarcar más de lo que los límites de la carne y el hueso podían contener.
“Él está en todas partes,” dijo ella, bajando la voz, como si temiera que el viento pudiera llevar sus palabras hasta oídos invisibles. “No creas que Comala es como los otros pueblos. Aquí, hasta los susurros tienen dueños, y él es quien manda sobre todos.”
Quise responder, decirle que me parecía imposible que un hombre dominara el silencio, los suspiros, las memorias atrapadas en el polvo del camino. Pero doña Eduviges se me acercó, y sus ojos, profundos como pozos oscuros, me detuvieron.
“Escucha bien, muchacho,” continuó, y su voz adquirió un tono casi solemne. “No viniste solo a buscar a un hombre. Pedro Páramo es… más que eso. Ha enterrado tantos sueños y vidas en esta tierra que Comala misma lo respira. La gente desaparece, pero él sigue ahí, presente, latente. Nadie escapa de su sombra.”