Pedro Páramo
Pedro Páramo Él soltó una risa amarga, sin alegría, una risa que hizo eco en el aire espeso de Comala. “Aquí todos somos hijos de Pedro Páramo,” respondió, con una voz quebrada. “Hijos de su olvido, de su desprecio… De su maldito egoísmo. Nos dejó a la deriva, como si nuestras vidas no valieran nada.”
Sentí el peso de sus palabras como una sentencia. No estaba hablando solo de un padre ausente; sus palabras arrastraban una vida entera de desamparo. Miré sus ojos y vi en ellos reflejos de dolores que no parecían propios, sino ecos de todo el pueblo. “¿Y usted… alguna vez lo enfrentó?” pregunté, sin atreverme del todo a imaginar su respuesta.
“¿Enfrentarlo? ¿A un hombre que se creía dueño de la vida misma? En Comala, nadie tiene el valor de desafiarlo. Es como si su sombra se hubiera quedado a vigilarnos, como si esperara algo… algún tributo que nunca dejaremos de pagar.”
Quise responderle, decirle algo que aliviara esa carga, pero él continuó, susurrando como si hablara consigo mismo, como si me hablara desde la misma tierra. “Cada alma en este pueblo es una deuda, una cuenta que él cobró sin importarle si tenía derecho a hacerlo. Comala está lleno de muertos que nunca encontraron paz… todos son víctimas de él.”