Pedro Páramo
Pedro Páramo ObservĂ© la vastedad de Comala, el pueblo yermo y deshabitado, y de repente todo tenĂa sentido. El silencio, los ecos, esa presencia invisible que parecĂa envolverlo todo… no era otra cosa que Pedro Páramo, un hombre cuyo rastro seguĂa allĂ, en el polvo, en cada sombra que se alzaba tras los muros caĂdos. ComprendĂ que Ă©l habĂa tomado mucho más que vidas; habĂa arrebatado sueños, esperanzas, futuros enteros.
“Pedro Páramo se alimentó de nuestras almas y nos dejó secos, ¿entiendes?” Abundio murmuró, y su voz se quebró en el silencio denso de la noche. “Aquà no hay descanso, ni para los vivos ni para los muertos. Comala es solo una cárcel de almas.”
El tono de su voz se desvanecĂa, como si las fuerzas lo abandonaran. Sin embargo, sus ojos seguĂan clavados en mĂ, buscando algo, tal vez consuelo, tal vez respuestas que yo no tenĂa. “Él querĂa todo,” continuĂł. “QuerĂa poseer cada rincĂłn, cada suspiro, cada sombra en esta tierra. Era un hambre que nunca se llenaba… una hambre que sigue aquĂ, aunque Ă©l ya no respire.”
Las palabras de Abundio resonaron en mi cabeza, y sentĂ un escalofrĂo que parecĂa provenir de la misma tierra que pisaba. Esa tierra habĂa absorbido no solo el paso de Pedro Páramo, sino su esencia, su poder, su maldad. Era como si las almas mismas de Comala fueran parte de Ă©l, como si jamás pudieran liberarse.